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¿Dónde está el límite?

por Vivir sin plástico
¿Dónde está el límite?

En estas últimas semanas hemos tenido muchas conversaciones sobre dónde poner el límite o hasta dónde debemos hacernos responsables de los desechos que directa o indirectamente generamos.

Yo (Patri) por ejemplo, he estado unos días en la playa con amigos. Cuando lo planeamos, el hecho de ir a un sitio turístico con otras tres personas y seguir firme en mi intento de no comprar nada de plástico me parecía misión casi imposible. Pero por otro lado ¿Si hacemos la compra entre cuatro personas tiene que ir absolutamente todo sin plástico? ¿Hasta qué punto soy responsable de lo que quieran comprar mis amigos? Y sobre todo, si yo no lo como, no es mío… ¿No?

Así que estos días me han servido para encontrar un equilibrio entre sostenibilidad, vacaciones, amistad y, sobre todo, mucho sentido común fuera de mi zona de confort. Pero aparte de en las vacaciones, es un asunto al que llevamos mucho tiempo dándole vueltas en nuestro día a día.

Por ejemplo, hace tiempo ya que no compramos tetra packs de ningún tipo, pero algún día que hemos tomado algún café con leche fuera de casa nos hemos fijado que la leche que utilizan viene en el mismo envase que nosotros estamos evitando, o incluso peor, a veces viene en botellas de plástico duro, que para más inri en alguna ocasión hemos visto que acababan en el cubo de la basura sin ser recicladas. ¿Tiene esto algún sentido? ¿En casa no pero fuera sí? ¿Si no me quedo yo con el envase ya no es responsabilidad mía? ¿No he ayudado a vaciar esa botella? Podríamos pensar: «tomamos café sin leche y fin del asunto», pero… ¿sabemos cómo viene envasado el café? Es muy probable que venga en bolsas de plástico pero como no lo sabemos… ¿lo damos por válido?

A mí (Fer) me irrita bastante el tema de la leche y, entre otras muchas cosas, éste ha sido uno de los motivos por los que lo he dejado de tomarla. Quizá sea porque tienen demasiado a la vista los envases en las cafeterías. Pero, sí no lo viese ¿ya estaría bien? ¿Ojos qué no ven corazón que no siente? ¿Hasta dónde tenemos que rastrear lo que consumimos?

Para mí (Patri), en cambio, es más una cuestión de adaptación. Me gusta el café con leche, evito tomarlo en casa pero de vez en cuando me tomo uno en la calle. Está claro que usan los mismos envases que evito comprar, la diferencia es que, si no los evitara comprar, los consumiría a diario, mientras que darme el lujo de vez en cuando, me permite seguir avanzando en mi camino sin plástico. No es una solución ideal pero por ahora es la que he encontrado y la que a mí me funciona.

Otro ejemplo es el queso. Nos encanta y, para evitar el  plástico, la mayoría de las veces hay que comprar un queso entero, o ir a la tienda con tu propio envase para que lo pongan en él. No hemos hecho ninguna de las dos cosas porque queremos reducir su consumo, así que lo hemos dejado como un producto “de lujo” que sólo comemos fuera de casa (como la semana pasada Kathryn nos contaba que hacía con los s’more). El caso es que si vamos a un bar y nos ponen una tapa de queso nos la zampamos con mucho gusto y sin remordimiento alguno. Y casi seguro que ese queso llega al bar envasado en plástico o que lo conservan envuelto en plástico. En el mejor de los casos podemos pensar que compran los quesos enteros sin empaquetar y que lo conservan en una quesera de vidrio (como ocurre en uno de los sitios a dónde vamos habitualmente ;) Pero en otro bar nos ponen de tapa un pequeño sándwich de queso azul con espinacas que nos vuelve locos. (¿Se nota que los sitios a los que vamos nos ganan el corazón por el estómago?) El caso es que cuando nos ponen esa tapa somos como dos perrillos salivando con cara de felicidad. Y aunque lo más seguro es que el pan de molde que utilizan venga en una bolsa de plástico, el queso azul venga en una tarrina de plástico y las espinacas probablemente sean de bolsita, los engullimos sin pensar nada más que en saborearlo y en dar bocaditos pequeños para que dure lo máximo posible.

Entonces ¿por qué unas cosas sí y otras no?  ¿Por qué no lo vemos? Y, si comiéramos siempre fuera de casa ¿nos podríamos considerar zero waste?

No podemos ponernos una venda en los ojos pero tampoco podemos ponernos a investigar a fondo todo lo que consumimos, sobre todo si es cuando comes algo fuera de casa. Si viéramos toda la preparación de lo que comemos cuando estamos fuera y nos pusiéramos puristas probablemente no comeríamos nada.

Incluso cuando nosotros compramos, ¿sabemos cómo han llegado a la tienda los tomates que compramos en nuestra bolsita de tela? Al plantarlos ¿vendrían las semillas en bolsas de plástico? ¿Les habrán puesto plásticos para protegerlos del frío cuando crecían? Y más allá del plástico ¿Les pagarán un salario digno a los trabajadores que los han cultivado? ¿Usarán energías renovables? ¿Utilizaran una banca que no invierta en armas? ¿Y la empresa que los distribuye? ¿Y la tienda dónde compramos? Son tantas preguntas las que te puedes plantear que como no le pongas freno, te puedes volver loco. Sería ideal que cada producto que consumimos viniera con un pasaporte medio ambiental donde pudiéramos encontrar todas estas respuestas, pero la lista podría ser interminable.

Pero no nos confundamos, esto tampoco nos debe parar. Que nadie piense que como parte del problema está fuera de nuestro alcance, no podemos hacer nada y hay que tirar la toalla. No se trata de eso, podemos hacer muchísimo. Simplemente se trata huir de una inalcanzable perfección, y seguir nuestro camino sin obsesionarnos.

Entonces ¿donde está el límite? ¿En lo que hagas en tu casa estrictamente de puertas para adentro? ¿En verlo o no verlo? ¿En la botella de leche que gastas en una cafetería? ¿En la mantequilla que han comprado tus amigos y a la que no has podido resistirte? El límite está en ti, ni más ni menos. Está cuando te da una punzada por dentro y piensas «hasta aquí hemos llegado, por aquí no paso». Está en lo que te dicta tu conciencia. Y ese límite varía en cada persona y también a lo largo del tiempo. Nosotros, por ejemplo, en principio comprábamos a menudo cerveza en latas porque pensábamos que el aluminio se reciclaba fácil. Hasta que caímos en la cuenta que aunque comprásemos las latas por separado seguíamos siendo responsable de los anillos de plástico con la que unen los packs de seis. Ahora, no compramos latas de aluminio, por los anillos de plástico, y porque también hemos descubierto el coste medio ambiental que conlleva producir el aluminio. ¿Somos ahora mejores que antes? No, simplemente vamos aprendiendo cosas que antes ignorábamos y hemos dado un pasito más en nuestro camino.

Puede haber una delgada linea entre la sostenibilidad y el sacrificio. Y el que dejemos que esa linea se incline más a un lado u otro depende de nosotros mismos. Para nosotros, vivir de una forma sostenible no tiene nada que ver con el sacrificio. En cuanto estos límites se mezclan, algo va mal porque significa que no estás muy convencido de lo que estás haciendo. Y si no te sale de dentro, es imposible seguir mucho tiempo por ese camino. Por eso, creemos que es esencial ir poco a poco. Porque cada paso es un pequeño paso para nosotros pero es un paso más que nos acerca a la sostenibilidad.

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4 comentarios

Helena 3 abril, 2016 - 23:51

En mi caso a veces me siento frustrada porque veo mucho plástico en nuestra basura, pero tengo hijos y les sigo comprando los cereales y galletas que le gustan y por supuesto la leche. Tampoco quiero que ellos sientan rechazo por esta iniciativa, no se si hago lo correcto. Si comparo nuestros residuos con los de antes me siento satisfecha pero cuando veo los de los que los metéis en frascos me siento fatal jeje.

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Vivir sin plástico 4 abril, 2016 - 20:12

Hola Helena,

La verdad es que con niños debe de ser más complicado, nosotros a veces lo pensamos. Si siempre hay que ir muy poco a poco, con ellos todavía creemos que más. No deben de sentir rechazo. Lo importante es ir mejorando, sin agobios, haciendo lo que buenamente este en nuestras manos.

Y no te sientas fatal, seguro que si nosotros tuviéramos hijos tendríamos mucho más que tú ;)

¡Un abrazo!

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Belqui Leal 13 mayo, 2016 - 16:48

Me gustó leer este post especialmente, ¿saben?! A veces me obsesiono y no sé dónde poner ese límite porque mis ansias de llegar a lo perfecto, a no generar nada de plásticos ni de residuos siempre me llevan a decirme «puedo hacer más de lo que estoy haciendo». La mente es así de maléfica, no es capaz de darte una palmadita en el hombro y decirte <>. No, ella siempre para el otro lado… En fin, un placer leer vuestros pensamientos. Me encanta este proyecto en el que se han sumergido hasta el fondo. Gracias por cambiar el Mundo!!!

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Vivir sin plástico 16 mayo, 2016 - 18:22

Hola Belqui,

No sabes cuánto nos alegra leer tus palabras. Como dice nuestra amiga Beth «nadie es perfecto y no te puedes estresar por no ser perfecto, ni estar todo el rato preocupado por cada trozo minúsculo de plástico, porque pierdes la visión completa del asunto.» Por muy perfecto que lo queramos hacer siempre se puede hacer un poco más y un poco mejor, así que a veces es mejor relajarse un poco y reírnos de nuestras «imperfecciones». Esto es un camino largo, por lo que es mejor tomárnoslo con calma e ir mejorando poco a poco.

¡Un abrazo!

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