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Sobre el privilegio y la estética

por Patri Reina

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra comunidad Patreon el 15 de marzo de 2021

Estoy recién instalada en Málaga y llegar a un sitio nuevo me ha hecho plantearme algunas cosas.

Me he mudado a un piso que tiene prácticamente de todo: agua corriente, termo de agua caliente, nevera, lavadora, horno, microondas, calefacción y aire acondicionado. Sí, la mayoría de estas cosas las damos por descontadas, pero no debería ser así. Es un privilegio contar con todas y cada una de ellas. Aún así, parece no ser suficiente.

Desde que llegué, he estado intentado (aún lo hago) hacer este lugar “mío”. Verlo como mi “hogar”, lo que quiera que eso signifique. Los muebles que había aquí son perfectamente funcionales pero… ¡son feos! Con la estética hemos topado. Nunca me he avergonzado de que me guste (necesite) rodearme de estética. Es más, lo consideraba como algo distintivo, como si fuese una manifestación de mi “sensibilidad interior” (vanidad al poder). Así que aquí estoy, intentando hacer este sitio “mío” a base de brochetazos y litros de pintura. Evidentemente nada de esto es sostenible, alguna pintura es al disolvente, tengo que usar aguarrás y no dejo de pensar en todo lo que estoy contaminando desde que llegué sin una necesidad real. Me dicen que es normal, que tengo que “ponerlo todo a mi gusto, para estar cómoda”. Pero ¿cuándo empezamos a considerar la estética una necesidad básica?

Por ejemplo, hace unos días, estaba con mi amigo Leo (¡hola Leo!) lijando una mesa (sí, quitando una capa de barniz cuyo único defecto era ser demasiado oscura) cuando sonó el timbre con un estridente “meeeeeeeec”. Era mi tío y me dijo que si quería me lo cambiaba por uno que sonase “ding dong”. ¡Genial! Así esto parecerá menos una nave industrial y empezará a sonar como hogar. Al rato, tenía mi timbre cambiado con un cálido sonido de “ding dong”. Cuando vi el anterior timbre quitado sobre la mesa, perfectamente funcional pero ya inservible me di cuenta de que era una tontería haberlo cambiado. Una pijada. Bien pensado, ni siquiera, es necesario tener un timbre en un piso tan pequeño, con hacer “toctoc” con los nudillos en la puerta, lo escucharía sin problema desde cualquier lado.

Lo mismo me ocurrió con los azulejos de la cocina, marrones y decorados con las juntas negras. Al verlos por primera vez me parecieron terroríficos, así que compré un bote de pintura blanca para azulejos para solucionarlo. ¿Está más bonita? Sí ¿Era necesario? En absoluto. De hecho, antes de empezar a pintar, ya me estaba arrepintiendo (para que os hagáis una idea, es una especie de chapapote blanco) pero ya que la había comprado,… habría que usarlo.

Y así podría seguir, aunque no quiero aburrirte. 

Creo que, quizás, hacer un lugar nuestro no sea cuestión de dar más manos de pintura sino de vivir el lugar. Comer sobre esa  mesa, tomar un café sobre ella con amigxs, comer, escribir y dibujar en ella. Igual que no se me ocurriría traer un camión de arena fina de las playas de Huelva a Málaga para sentirme en casa, ¿por qué no aceptar el carácter de los lugares? La playa de aquí me la estoy ganando a base de paseos, cafés en la orilla y no se me ocurriría hacerlo de otra manera.

Soy consciente de que todo esto es algo cultural y social, que por mucho que intente combatirlo, no puedo sacudirme de estas “necesidades estéticas” de encima como si fuesen migas de pan. No pretendo rodearme de cosas feas para quitarme a base de disgustos esa mirada privilegiada, pero sí que intentaré combatirla.

Cuando era fotógrafa tenía muy claro que la belleza no está en las cosas en sí, sino en la luz que incide sobre ellas y el ángulo desde donde las mires. Así que recuperaré y cultivaré esa mirada (que hace tiempo que perdí) poco a poco y sin estrés.

Todo este tema está relacionado con un libro que leí hace poco, Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. Esa idea de desprendimiento, de no necesitar absolutamente nada, me dio envidia. No se trata de renunciar sino de liberarte de necesidades.

Cuéntame, ¿qué te parece este tema? ¿Alguna vez te ha pasado que, después de darle muchas vueltas a una decoración, color o distribución de muebles, hayas pensado “¿y qué más da, si no me va a hacer más feliz?”

Me encantaría saber tu opinión sobre este tema. Charlamos en comentarios.

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